El tablero de juego cripto amanece más revuelto que de costumbre. Por un lado, vemos a Estados Unidos pisando el acelerador para intentar legitimar el Bitcoin desde las altas esferas. El congresista Begich acaba de poner sobre la mesa un proyecto de ley que busca ni más ni menos que reconocer y codificar la “importancia estratégica” de esta criptomoneda para el país. Son palabras mayores. A esto se le suma el recordatorio de su colega Mike Rulli sobre la escasez programada del activo, tirando la pulla de que jamás existirán más de 21 millones de BTC, un contraste brutal frente a la máquina de imprimir billetes sin fondo del dinero fiat. Todo esto ocurre con un telón de fondo geopolítico bastante caldeado, marcado por las declaraciones de Donald Trump asegurando que el precio de la gasolina dará un respiro en cuanto Irán “cese sus acciones”. Una tensión pura y dura en los mercados energéticos que, inevitablemente, salpica la macroeconomía y al propio ecosistema.
Pero mientras unos compran la narrativa oficial, otros hacen las maletas con una prisa pasmosa. Fíjate en el caso de Harvard. La universidad ha liquidado del tirón sus 87 millones de dólares en Ethereum apenas tres meses después de haber entrado en el ruedo. Una gestión de cartera que resulta cuanto menos errática, sobre todo si tenemos en cuenta que venían de recortar sus posiciones en Bitcoin precisamente para meterse de lleno en ETH. En otras latitudes el panorama tampoco está para tirar cohetes. India se ha puesto seria y tiene en la diana a plataformas de mercados predictivos como Kalshi y Polymarket. El ministerio MeitY las tacha de ilegales y planea prohibirlas, importándoles bien poco que Kalshi moviese más de 14.800 millones de dólares solo en abril o que Polymarket ande buscando una valoración astronómica de 15.000 millones. Nueva Delhi se suma así a esa corriente global de profunda desconfianza institucional hacia este tipo de servicios.
El chasco de Mark Cuban y el baño de realidad
El verdadero culebrón de la jornada, sin embargo, nos lo sirve Mark Cuban. El multimillonario, que hasta hace dos días era uno de los paladines más vocales del mundillo, ha soltado el bombazo de que se ha deshecho de la inmensa mayoría de sus bitcoins. Según él, el activo simplemente “ha perdido el norte”. Es un volantazo drástico si recordamos que en marzo de 2024 se llenaba la boca diciendo que prefería el Bitcoin al oro de toda la vida y que la demanda institucional iba a devorar la oferta. Ya se sabe que es facilísimo subirse al carro y vender optimismo cuando el mercado está en pleno frenesí alcista y marcando máximos históricos. Las convicciones de verdad se miden cuando pintan bastos.
Con el precio del BTC atascado ahora mismo en ese incómodo limbo entre los 75.000 y los 80.000 dólares, Cuban se ha sincerado durante una entrevista en el podcast Extrade de Morgan Stanley. Su principal queja viene del comportamiento del mercado frente al polvorín de Oriente Medio. El razonamiento era de manual: cuando estalló todo el conflicto de la guerra con Irán, se suponía que el Bitcoin iba a brillar como el refugio definitivo frente a la devaluación de la moneda fiduciaria, superando al propio oro. La cruda realidad fue que el oro físico se disparó y el Bitcoin pegó un bajón. El dólar flaqueaba y el BTC no hizo lo que se esperaba de él en los libros de teoría económica. Una decepción en toda regla que ha empujado a Cuban a abandonar el barco.
Y el inversor no se ha mordido la lengua con el resto del sector. Además de su desencanto con la principal criptomoneda del mercado y de abandonar proyectos que antes apoyaba como Polygon o los NFTs, ha calificado a Ethereum y a toda la morralla de tokens y memecoins directamente de “basura”. Son palabras muy gruesas que nos dejan una radiografía bastante certera del hartazgo generalizado. Lo de los memecoins no pilla a nadie por sorpresa; carecen de cualquier valor fundamental, son estafas en el 99% de los casos y tienen más que ver con las tragaperras de un casino que con la inversión financiera.
El caso de Ethereum es más complejo y doloroso para la comunidad. La blockchain como infraestructura sigue siendo un portento tecnológico con casos de uso brutales, pero el activo no logra capturar valor, mientras que la inmensa mayoría de los tokens alternativos deambulan sin rumbo. Sobreviven a duras penas ofreciendo funciones de gobernanza que al usuario de a pie le dan exactamente igual, sirviendo básicamente como puerta de salida, o liquidez, para que los fondos de capital riesgo que los financiaron inicialmente puedan hacer caja y huir.
En medio de este desbarajuste, el Bitcoin ha logrado colarse en los grandes salones de la banca tradicional, pero sin terminar de consolidar su relato de oro digital inquebrantable. Se ha convertido en un cromo más en el álbum de los gestores, codeándose con acciones, bonos y derivados financieros. Los inversores institucionales ya lo han adoptado, pero aún están intentando descifrar en qué escenarios precisos tiene sentido utilizarlo para proteger su capital. Queda claro que todavía tienen un buen trecho por andar.